DANI ORVIZ

POETA+SLAMMER+SHOWMAN

CAPÍTULO V: Un ataque a traición

Posted by on Mar 30, 2020

 

 

Capítulo 5.

 

Un ataque a traición.

 

 

 

Aquellos tres hombres malvados se habían pasado todo el día y la noche anteriores metidos en su furgoneta, sin otra cosa que hacer que mirar fijamente la puerta de la casa de Davor y Ana. Tan poseídos por su odio que en ese tiempo ni habían llevado bocado alguno a la boca ni habían cruzado ninguna palabra entre ellos, todo lo más algún comentario banal sobre el tiempo en largos intervalos de tres horas como mínimo. Pero sus tres negras mentes, unidas en una sola por el nexo común de la perversidad más absoluta, habían procesado fríamente toda la información referente a los movimientos de la casa, a las entradas y salidas y ciclos vitales, y sin compartir ni una sola conclusión en voz alta, ya sabían cual sería el momento perfecto para llevar a cabo su diabólico plan.

Hacía un momento que habían visto salir a Davor en su lujoso utilitario, y al verlo los tres habían tensado sus músculos y respirado hondo, sintiendo cómo las glándulas de la boca les salivaban igual que fieras salvajes. El más bajito de ellos, que ocupaba el asiento trasero de la furgoneta, se estiró para agarrar el saco de patatas usado que era la pieza clave de su estrategia.

 

—No va a tardar en salir —dijo Patxi— El crack se ha ido y ella está sola, cagonlaleche. Así que no falla: no va a poder aguantarlo. Va a tener que salir a comprar unos zapatos, o a tomar unos cócteles. Así que recordad. En cuanto veamos que se abre la verja para que salga su coche, plantamos la furgoneta en medio de la calle, y bajamos Iosu y yo. Hacemos que salga del coche y le echamos el saco encima, y la metemos atrás. Entonces damos rueda y listo. ¿Estamos?

—Estamos —dijeron Iosu y Txomin sintiendo como una mezcla de ansiedad y odio los embargaba.

—Pues esperemos, cagontó. Comienza la cuenta atrás.

 

Pero había algo que no acababa de encajar. A medida que los minutos pasaban, los tres hombres fueron dándose cuenta de cómo el tiempo de espera se hacía mucho más largo de lo que habían calculado. Dentro de la furgoneta el calor era insoportable, parecía que el día soleado estuviese a punto de dar paso a una tormenta. Y ¿no eran truenos ese ruido lejano que se escuchaba?

—Aquí hay algo que no está bien, cagonlaostia.  Esta tía no sale. Algo le está pasando.

—Osti, Patxi—dijo Txomin— Igual decidió quedarse en casa.

—¡Quedarse en casa haciendo qué, mecagoentólosagrao!—contestó Patxi con furia— ¿Leyendo a Einstein o qué? ¿Tú de verdad ves a esta tía sola en casa consigo misma o eres tonto o qué te pasa?

—No…no…—dijo Txomin agachando las orejas bajo su máscara— Tienes razón. Pero entonces…

—¡Ey!, ¡Ey! —gritó Iosu cortando la diatriba de sus compinches— ¡Atención! ¡Que sale!

 

Pero para su sorpresa,  Ana no salió con su coche por la gran puerta, sino que, como si fuese una persona cualquiera, abrió la puerta pequeña del jardín, la que hubiese utilizado cualquier vulgar mozo de los recados, y salió corriendo a la calle, en zapatillas y bata de estar por casa, sin preocuparse de las apariencias.

—¡Mecagoenlaleche!—gritó Patxi—¡Cambio de planes! ¡Esta nos ha jodido! ¡Los tres a por ella! ¡Vamos, osti, comando La Moraleja al ataque!

Y abriendo rápidamente las puertas de la furgoneta, los tres hombre corrieron detrás de su víctima sujetando muy fuerte el saco de patatas (usado). Pero aunque eran hombres fornidos y preparados, cazar a la menuda mujer no les resultó tan fácil como habían podido presuponer. La mujer parecía estar fuera de sí, corriendo como si algo la persiguiese, y casi logró dar la esquina de la calle y salir a un cruce donde todo el secuestro hubiese estado más expuesto, cuando Iosu dio un salto de gacela terrorista y logró encestarle el saco en la cabeza. Confusa, la perseguida dejó de correr permitiendo que los otros dos malvados también la alcanzasen.

—Ahivalaostia—dijo Patxi—¿No os dije que saldría? ¿No os lo dije? Pues aquí la hemos pillao por fin, cachisentodo.

—Sí, pero dijiste que saldría en coche, y vaya con el carrerón que nos ha hecho dar la jodía—corrigió Iosu— Yo estoy a punto de echar el bazo, cagonlamar.

—Tú a callar —zanjó Patxi tajante—El caso es que la tenemos. Ahora, a la furgoneta con ella.

—¿Quién es? ¿Qué pasa? ¿Quiénes son ustedes? —dijo el bulto debajo del saco el cual los tres tenían agarrado.

 

Los tres hombres se miraron sin saber qué contestar.

—Perdone, señorita —dijo Txomin impostando la voz— Policía nacional. Sólo es una inspección de rutina.

—¿Cómo que policía nacional?—gritó la voz — ¿Policía nacional de qué? ¡Aquí huele a patatas! ¡Ustedes me quieren secuestrar! ¡Socorro! ¡Socorro!

Y empezó a forcejear y patalear haciendo que a los tres pérfidos maleantes les resultase mucho más difícil arrastrarla. Tanto que entre gritos y movimiento se comenzaron a escuchar cómo subían las persianas de algunos de los lujosos chalets. Por suerte, el deseo de aquellas opulentas familias de no ser vistas desde fuera, también hacía que a ellas les resultase difícil ver fuera de sus muros. Pero no era cuestión de arriesgarse, pensó Patxi. Así que sacando de su bolsillo una porra de goma, levantó su recio brazo y dejó caer un golpe seco sobre la parte superior del saco de patatas. Sonó un ruido hueco cuando la porra golpeó la cabeza de la secuestrada, y ésta aflojó su lucha y quedó como un peso muerto.

—No me gusta hacer estas cosas, pero cuando hay que hacerlas pues se hacen, coño.— dijo con el ceño fruncido bajo su terrible máscara.

 

Así les fue más fácil recorrer los metros que los separaban de la furgoneta. Contentos por el trabajo cumplido, abrieron la puerta lateral para meter el cuerpo y largarse de allí cuanto antes. Pero de pronto el cuerpo se puso tenso de nuevo.

—¡YOSÓ PAZÚ CHOCÁ! —gritó tan fuerte que una bandada de pájaros salió volando del seto cercano—¡YOSÓ PAZÚ CHOCÁ!

Los tres hombres se miraron asustados a través de los agujeros triangulares de sus máscaras.

—¿Qué ostias es esto?—gritó Txomin—¿Qué pasa?

—¡Métela ráapido!—ordenó Patxi— ¡Rápido, que se nos va todo a la mierda!

—¡YOSÓ PAZÚ CHOCÁ!

—¡Alto! ¡Alto! ¡Esperad!—gritó Iosu nervioso— ¡Parad!—y sin esperar a que sus compañeros cumplieran su orden, los apartó violentamente de la secuestrada, haciendo que su cuerpo cayese al suelo, en donde quedó de nuevo en silencio.

—¿Pero tú eres tonto o qué te pasa?—dijo Patxi— ¡Que ya la teníamos, coño!

—No. No. No. Aquí hay algo que está mal— dijo Iosu— Esto es una trampa. Es una trampa, ostiacalonlache.

—¿Pero cómo que una trampa?— dijo Patxi con evidente furia— ¿qué trampa ni que leches?

—¿Tú no has escuchado lo que ha dicho? — concretó Iosu— Yosó Pazú Chocá. Yo lo he oído y vosotros también.

—Sí —dijo Txomin—Pero eso no significa…

—Yo me llamo Iosu Sorribas Oteiza. Ostia mecagonlaleche. ¿No lo véis?. Io de Iosu, Ese de Sorribas y O de Oteiza. YOSÓ. Patxi, tú te apellidas Zubizarreta. PA de Patxi y Zu de Zubizarreta. PAZÚ. Y CHOCÁ. Chó de Txomin…

—Ay mecagoenlasantaleche —dijo Patxi— Sabe quién somos. La maldita sabe quién somos. Alguien nos ha vendido.

—Pero espera—dijo Txomin— Yo me llamo Txomin Urzáiz Garaikoetxea. El CHÓ vale, pero lo otro no coincide.

Los tres hombres volvieron a mirarse.

—Vaya, entonces debe de ser una coincidencia, cagontó— dijo Iosu— Venga, vamos a subirla.

 

Y los tres se lanzaron de nuevo a agarrar el cuerpo y subirlo al vehículo. Pero cuando casi ya lo tenían Txomin llamó de nuevo su atención.

—¡Osti, Osti! ¡No! ¡No! ¡Soltadla!

—¿Qué pasa? ¿Qué pasa? —gritaron los otros dos.

—¡Osti tú!—dijo Txomin con temblor en los brazos— ¡Que me acabo de acordar de que el segundo apellido de mi padre es Carrasco! ¡Por eso lo de CHOCÁ! ¡Sí que nos conoce, cagonlaleche!

—¡Soltadla!—gritó Patxi soltando el bulto como si quemase— ¡Todos a la furgoneta! ¡Cagonlaleche! ¡Nos han vendido! ¡Nos han vendido!

 

Y sin más miramientos saltaron al vehículo y desaparecieron en un quejido de neumáticos mientras el cuerpo quedaba solo en el suelo limpio de la calle.

—Yosó pazú Chocá —dijo una vez más la voz bajo el saco, en voz más baja.

 

*********************

 

Ana volvió en sí unos minutos más tarde. Confusa, se arrancó el saco maloliente de la cabeza y miró a su alrededor. No había nadie en la calle, y ella estaba vestida con la bata y las zapatillas de andar por casa. ¿Que había pasado? Lo último que recordaba era estar en el pasillo, y la decisión de pintar las paredes. ¿Por qué estaba ahora allí?. Sin pensar más, se levantó y caminó hasta la puerta de hierro de entrada del jardín, y allí llamó al timbre. Unos segundos después, alguien abrió la puerta desde dentro.

La sirvienta la esperaba en la puerta de entrada, tan vestida de negro como solía estar siempre. Al entrar Ana en casa se agachó ligeramente en una reverencia y luego la siguió hasta el amplio salón que daba al jardín. Allí estaban esperándola los grandes botes metálicos, la escalera e incluso el rodillo.

—Señora —dijo la sirvienta— Ha llegado la pintura que usted pidió. Me he permitido traerla al salón.

—Ah, gracias, gracias—dijo Ana contenta— Sí, la estaba esperando.

—¿Quiere que le traiga algo de beber, señora? ¿Leche, quizás?

—No, no, gracias —dijo Ana—creo que voy a ponerme a pintar inmediatamente.

Sí, pensó mientras abría el bote metálico y observaba el bello color negro negrísimo que contenía. Si se daba prisa podría tenerlo todo listo para el día siguiente, y dar tiempo a que se secase para cuando Davor volviese. Iba a tener que aplicarse pero ¿que mejor plan podía pensar para un día como aquel?

Además, pensó mirando por el ventanal, mejor no salir de casa.

 

El cielo amenazaba tormenta.

 

 

 

(continuará…)

 

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